domingo, 12 de enero de 2014

Síndrome del Intestino Irritable, el mal de los tiempos modernos.




Muchas personas sufren de “IBS” (Intstinal Bowel Syndrome) o lo que es lo mismo “SII” (Síndrome del Intestino Irritable).

Los llamados "males de nuestro tiempo" como el estrés, la ansiedad, la depresión, alergias o intolerancias a algunos alimentos o pautas de alimentación incorrectas, pueden ser el detonante de un “brote”.

Aunque no es una enfermedad en sí, sí supone un impedimento en las tareas diarias de quienes lo sufren por lo molesto de sus síntomas. Éstos abarcan desde el tenesmo que significa la necesidad urgente de evacuación, a los cólicos intestinales con presencia de espasmos, la diarrea o la constipación (estreñimiento) durante días  o incluso períodos de alternancia de ambas , la distensión abdominal, el meteorismo, los borgorismos o ruidos intestinales aumentados, la sensación de plenitud postprandial (después de las comidas), malas digestiones e incluso malabsorción intestinal (problemas con la absorción de los alimentos).  

Todo ello afecta a la calidad de vida de quienes lo sufren, incomodándoles no sólo en su vida privada en lo psicológico y personal, si no también afectando a sus relaciones sociales en el ámbito público, como es en el trabajo o en espacios públicos o las salidas con amigos y familiares, pues a menudo salir de casa supone un hándicap por temor a sufrir un cólico y no disponer de un servicio cerca o atención médica urgente.

En realidad el Síndrome de Intestino Irritable no deja de ser una especie de “cajón de sastre” para la medicina, pues cuando no se hallan causas médicas que descarten o confirmen otro diagnóstico como pueda ser una colitis ulcerosa o síndrome de Crohn o una alergia/intolerancia alimentaria (entre otras enfermedades), simplemente queda por considerarlo como una patología en sí misma. Según varios estudios médicos, se ha establecido un patrón común entre los pacientes de SII: el perfil común es que a menudo son personas nerviosas, con un gran sentido de la responsabilidad y la autoexigencia, por lo que son perfeccionistas, metódicos, están sometidas a tensiones emocionales o estrés y a menudo se muestran insatisfechas con sus logros. 

La verdad es que parece bastante simplista y generalista considerar que toda persona con un nivel de autoexigencia alto o un trabajo estresante o sometida a tensiones emocionales como pueda ser vivir en un ambiente familiar asfixiante, tenga por definición que sufrir SII, pues todos conocemos casos en los que no sucede a pesar de reunir casi todos los requisitos.
Cabe pensar entonces que el SII no es más que una etiqueta para lo que aún se desconoce en términos médicos, sea porque no se han realizado suficientes pruebas (TAC, enemas opacos, tránsitos esofágico-gastro-intestinal, resonancias magnéticas, endoscopias…) o porque no hay un diagnóstico claro.


Lo que sí es cierto en cualquier caso es que el SII, aunque no sea considerado una enfermedad, puede acarrear problemas de salud en el paciente.  Son habituales la presencia de mal absorción de los ácidos grasos, pérdida de minerales como el hierro que puede provocar anemia ferropénica, avitaminosis (falta de vitaminas en especial del tipo B, K, D) , pérdida de peso, debilidad muscular, cambios de humor, fatiga e insomnio.

Por ello se hace necesario tomar medidas preventivas en cuanto a nuestro estilo de vida, tanto a nivel físico (realizar algún ejercicio para canalizar la tensión) y a nivel dietético, es decir, combinando bien los alimentos y cocinándolos de la manera más digerible posible.

Los nutricionistas y digestólogos recomiendan anotar cada día en un dietario los alimentos que se consumen sea pescado, carne roja o blanca, verduras, hortalizas, frutas, frutos secos, así como su composición, cómo se consumen (si se han cocinado hervidos, o guisados, al horno, al vapor o fritos, muy condimentados o poco condimentados, con salsa o sin), para luego detectar qué alimentos pueden ser la causa de un brote o de nuestro malestar digestivo.

Si por ejemplo sospechamos que los derivados lácteos nos sientan mal, excluiremos por dos semanas absolutamente todos los alimentos que los contengan, y cabe recordar que no solamente incluyen la mantequilla, la margarina, los yogures, los quesos y la leche, si no también aquéllos alimentos que puede contenerlos en su composición, como son bollería, panes, empanadas, tortas, croquetas, rebozados, harinas industriales, embutidos, salsas preparadas, alimentos precocinados, alimentos envasados… 

Nos sorprenderíamos los “añadidos” que un alimento puede contener aunque aparentemente no nos haga sospechar de su presencia, como por ejemplo la lactosa o la proteína de la leche, que podemos encontrar en embutidos y encurtidos (jamón dulce, serrano, chorizo, morcilla, bacon, salami, longaniza, sobrasada), en el pan de molde, margarinas vegetales (y que por tanto, no lo son al 100%), bebidas como batidos de frutas, aceitunas en conserva, mejillones enlatados en escabeche, harinas para rebozar…

De ésta forma, si al digerir un alimento notamos problemas digestivos como hinchazón, diarrea, vómito, dolor abdominal, gases, reflujo o acidez, cabrá sospechar que dicho alimento es la causa, aunque el dietario nos ayudará a establecer esquemas de relación-causa con ése alimento si se ha ingerido en otras ocasiones y hemos sentido ésos mismos síntomas.

Pero cabe ser minucioso y tener en cuenta que los síntomas no tienen porqué ser siempre inmediatos, pues los alimentos deben ser digeridos, y dicho proceso puede llevar de 3h a 6h horas dependiendo de la persona, además, cuando un alimento nos causa reacción alérgica, ésta suele aparecer apenas unos minutos tras entrar en contacto con el alimento hasta un período retardado de entre 30 o 40 minutos. En el caso de las intolerancias, los síntomas aparecen al iniciarse la digestión  de modo que son más retardados, entre 3h y 6horas después de haber ingerido el alimento. Y para complicarlo aún más, en el caso de las alergias no mediadas, los síntomas pueden aparecer incluso al día siguiente de haber ingerido el alimento causante.

Para algunos pacientes de SII, los alimentos que a menudo provocan síntomas o brotes son : alimentos procesados con trigo o avena, alimentos muy grasos o picantes o especiados, los cítricos, alimentos flatulentos como repollo, coles de bruselas, coliflor, brócoli, cebolla y puerros, leguminosas como soja, guisantes, garbanzos, lentejas, alubias y cacahuete, quesos secos y derivados lácteos grasos, algunos frutos secos como nueces, las frutas dulces como uvas pasas, ciruelas y orejones, embutidos y encurtidos muy grasos, salsas picantes como chile o tabasco, y bebidas que contengan cafeína como el café, la cola, el té por contener teína, así como las bebidas gaseosas.

A menudo, si el intestino está irritado, reaccionará exageradamente a la hora de digerir alimentos que supongan un gasto adicional de energía, por ello y durante la fase de brote, es preferible comer alimentos de fácil digestión: arroz o patata o zanahoria muy cocido, con poca sal y aceite, pavo cocido, manzanas y peras asadas o cocidas, pescado blanco al vapor o cocido, tortillas sin aceite o únicamente de clara de huevo, yogures descremados, pasta blanca, carnes sin grasa como filete de ternera o magro de cerdo, pan blanco tostado, membrillo, y evitar la fibra por unos días, sobretodo en caso de sufrir diarrea (cereales integrales, legumbres, verduras).

A medida que nos recuperemos, podremos ir incorporando otros alimentos con medida y preferiblemente a la plancha, brasa, vapor, hervidos o en papillote, sin salsas ni picantes. Otra opción a tener en cuenta es incorporar probióticos para intentar ayudar a nuestra flora intestinal a recuperarse mejor y más rápido. En el mercado hay varias marcas sin gluten, sin lácteos, ni almidones, ni azúcar, ni frutos secos, ni huevo: informaros bien en dietéticas o con vuestro farmacéutico.

Cuando estemos plenamente recuperados, es un buen momento para empezar el dietario de alimentos y analizar cuáles son los que pueden desencadenarnos un brote,  y a medida que nuestro aparato digestivo gane en tolerancia, podemos probar a comer alimentos que solían causarnos malestar, pero introduciéndolos en nuestra dieta de uno en uno cada semana, primero durante un día, luego un par, y observando qué tal nos sientam, como por ejemplo las legumbres: mejor muy cocidas y en forma de puré o “hummus”, sea triturándolas con el tenedor o con el pasapurés, pues de éste modo eliminamos el exceso de almidón que contienen y que pueden provocarnos gases e irritación intestinal.
También es aconsejable hacerlo con el resto de feculosas como patata, moniatos y zanahorias.

Con los repollos y cebollas, mejor comer poca cantidad y también muy cocido. Se pueden igualmente triturar y mezclar con otro alimento para augmentar su tolerancia, pero mejor que no sean ni lácteos ni fruta de ningún tipo (ni ácidas, ni semiácidas ni dulces o frutos secos.)

Combinar bien los alimentos a la hora de comer (no mezclar almidones con frutas ácidas, proteínas distintas como carne y pescado en una misma comida, grasas con azúcar, frutas dulces con ácidas o feculosas con cereales), respetar el tiempo de la digestión (de 3h a 4horas antes de ingerir otro alimento), no comer con prisas, no tomar líquido durante las comidas (interfiere en la segregación de jugos gástricos), evitar las bebidas azucaradas y carbonatadas o las grasas saturadas, son pequeñas pautas pero muy útiles para tratar de facilitarnos al máximo la digestión y evitarnos acumular gases y toxinas que puedan irritar nuestros intestinos, y por tanto, desencadenar un brote.

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